28 mar. 2013

Crónica de la ruta al Tajo de las Escobas



Y llegó el día. Desde pequeño este lugar me había llamado muchísimo la atención; recuerdo que en aquellos mareantes viajes a Algeciras en el “coche de la hora” siempre me fijaba en ese terreno tan alto, con esas antenas y que en la mayoría de las veces estaba instalada una nube perpetua. Siempre pensé que desde esa zona debía de haber buenas vistas y como más tarde contaré, no me equivocaba en absoluto. La mañana estaba brumosa, con poniente moderado; esto, en estos lares es cosa extraña, ya que este viento suele actuar a modo de escoba y limpiarlo todo. Quizás los días anteriores, calurosos y soleados habían condesado el agua del mar y eso produjo esa neblina.

Me dirigí al punto de partida que, como siempre, era la parada de autobuses de Tarifa y me sorprendió la cantidad de gente que se había animado a participar. Eran más de 20 personas. Ya en el camino, los cantos de los pájaros nos acompañaban. Entre los pinos, testigos de nuestra marcha, los pinzones, carboneros y petirrojos lanzaban sus piropos a las hembras haciendo un llamamiento a la procreación. Una abubilla hizo su aparición con su llamativo plumaje, de pino a pino, dejándonos su destello como un flash de cámara. Se notaba la humedad del ambiente, el río se sentía cercano y los alcornoques festejaban porque este año no tendrían su sesión particular de descorche.

Echando una mirada a Tarifa, se podía adivinar el manto de bruma que avanzaba hacia nosotros y que, como por arte de magia o por ¿quién sabe?, a lo mejor existía un muro de metacrilato a la altura del mesón de Sancho a modo de parapeto... la bruma se resistía a alcanzarnos. Pero no duró mucho, subiendo por El Palancar hacia el  puerto del Viento, la neblina nos tragó. Supongo que quería que todos sintiéramos por unos instantes lo que era el auténtico ambiente de esos lugares y nosotros allí, nos tuvimos que abrigar y sin faros antiniebla no veíamos a más de cinco metros de distancia. Bonita estampa la de un rebaño de ovejas en la niebla con ese efecto gausiano. Había algunos árboles con pose de contorsionista, doblados por el fuerte levante que normalmente azota ese lugar, ¡por eso lo llaman el puerto del viento! Estuvimos envueltos en la niebla solo por unos instantes, porque pronto se disipó. Hora de repostar y descansar un poco, de tomar fuerzas con la fuente de testigo.

Durante la subida por la pista hacia el Tajo de las Escobas salió el Sol y tuvimos que volver a quitarnos alguna capa de ropa. Y es que este invierno está siendo un poco raro en cuanto a tiempo se refiere. De brezo en brezo, de pinar en pinar, íbamos ascendiendo, envueltos en una conversación con los compañeros para así hacer más llevadera la subida. Aunque después habría más. Una señalización nos avisaba que estábamos en zona de reserva y de alta protección medioambiental: nos acercábamos a los Llanos del Juncal. De repente, la vegetación cambio y los pinos fueron sustituidos por quejigos. Sólo quejigos. Quejigos que a través de su madera susurran historias del pasado. Aquellos hombres que un mal día vinieron con sus hachas y les arrancaron sus troncos, sus ramas, extrajeron su madera y los apartaron de aquel lugar. Al ser convertidos en barcos, conocieron mundo y surcaron los mares formando parte de aquellas empresas del viejo imperio en ultramar. Festejaron el ascenso y sintieron la decadencia del poderío naval español. Una vida de luces y tinieblas. Otros vieron como el progreso los convirtió en madera para casas y traviesas para las vías del tren. Y muchos más sirvieron para calentar a miles de criaturitas que ponían la “copa” en sus hogares durante la fría y dura postguerra española. Un buen día, como el que no quiere la cosa, no los molestaron más. La mano del hombre les dejó algunas marcas, crecieron con formas un poco extrañas pero ahora, sus ramas y sus entrañas sirven como posaderos y casas para búhos y lechuzas que viven en la noche eterna. Ahora disfrutan en ese silencio solo interrumpido por la lluvia, el viento y grupos de senderistas que, como nosotros, paseamos junto a ellos. Y hasta se ruborizan y se sienten orgullosos al ver que a veces hablamos de ellos y contamos sus historias.

Como antes comenté, aún había que seguir subiendo un poco más. 851 metros que merecieron la pena. El paisaje era muy bello. Y ahora tocaba bajar y repostar energías con un almuerzo en el campo. Festival gastronómico de nuestra tierra: tortillas de patatas, filetes empanados y hasta un codillos hispano-alemán que dejaría muerta a la Merkel. Y el descanso merecido, ¡a más de uno nos hubiera gustado quedarnos allí!

Pero tocaba continuar y atravesar la verja verde donde un estrecho camino cruza por un espesísimo bosque que parece sacado de los cuentos populares que a todos nos contaron de pequeños. En este punto dejé volar a mi imaginación y di rienda a mis sentidos.

La salida de ese lugar marcaba el descenso en nuestra ruta y la vuelta hacia el punto de partida. Tras subir por el cortafuegos, vimos las mejores vistas de la bahía de Algeciras y alrededores: toda la espesura viva de la zona del río de la Miel con sus Esclarecidas y el Algarrobo. Llama mucho la atención el contraste con la cercana ciudad de Algeciras y es que, la civilización y el progreso han hecho estragos en muchos lugares.

De repente ya estábamos bajando a través de un camino serpenteante, con mucha piedra suelta que a alguno le dio un pequeño susto y sin apenas darnos cuenta, volvimos a ver la zona del punto de partida. Tras cruzar un pequeño bosque de eucaliptos llegamos al final de la ruta. Un bando de milanos negros que acababa de cruzar el Estrecho en migración postnupcial fue el último regalo que recibimos de la madre Naturaleza. Y es que, ¿saben una cosa? Aquel día me sentí muy feliz por conocer el lugar que tanto me llamaba la atención desde pequeño, subir a las antenas, a lo más alto del Campo de Gibraltar. Ahora creo que el mayor valor y belleza está en el todo: toda la convivencia, todos los paisajes y todo lo que sentí durante el trayecto.


Cuando bailas, tu objetivo no es ir a un lugar determinado de la pista.
Es disfrutar cada paso del camino”.

Wayne Dyer.


RUTARIFA.







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